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Los inesperados beneficios del surf para Perú y Chile

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En el extremo norte de Perú está Lobitos, una tranquila ciudad costera conocida como uno de los mejores lugares del país para surfear. Sus siete rompientes de olas que se deslizan sobre playas de arena y rocas y sus puestas de sol son legendarias.

Pero las olas que atraen a multitudes de surfistas cada año no solo son veneradas por quienes se suben a ellas, su protección está asegurada por la ley. En 2014, entró en vigencia la innovadora “Ley de Rompientes”, que convirtió a Perú en el primer país del mundo en brindar protección legal a sus olas.

Según la ley, se restringió el desarrollo de infraestructura, la exploración de petróleo y gas y las actividades de pesca que podrían dañar los lugares de surf de alta calidad. Más de una vez se detuvo la actividad en Lobitos porque se corría el riesgo de perturbar el oleaje.

La ley es considerada tan efectiva que los surfistas en Chile ahora están haciendo campaña por su propia versión.

Playa Punta de lobos, Pichilemu, a 200 kilómetros al sur de Santiago de Chile.

La playa Punta de lobos, Pichilemu, a 200 kilómetros al sur de Santiago de Chile, es uno de los sitios que activistas piden proteger en el país. Los lugares para surfear han demostrado despertar sensibilidad cuando se trata de preservar las costas de Perú.

“La gente se lo toma de manera muy personal e incluso se para en el lugar (físicamente) para evitar que la maquinaria quite el suelo cada vez que ocurren construcciones”, dice Alejandro Pizarro, director de investigación y comunicación de la organización benéfica EcoSwell, con sede en Lobitos.

“Es una comunidad muy unida”, asegura.

La ley de rompientes de Perú no se basó solo en el afecto por estos lugares bellos y deportivos, sino en el reconocimiento de que contribuyen al área circundante económica y ambientalmente.

Desde Estados Unidos hasta Bali se está acumulando gran cantidad de evidencia que sugiere que el surf puede ser sorprendentemente beneficioso para el ecosistema costero.

Surfonomics

La idea de utilizar la economía para evaluar el valor de los recursos de navegación, denominada surfonomics, existe desde hace poco más de una década.

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Un estudio de campo se centró en Mavericks en California, una famosa rompiente que arroja olas de entre 3 y 9 metros y que atrae a grandes multitudes de espectadores.

El surfista de olas gigantes João de Macedo, un activista que participó en la investigación, dice que Mavericks ya contaba con protección legal como santuario marino nacional, pero surfonomics “era algo que cuando hablas con un político (puedes usar para) justificar la conservación en un forma más práctica”.

El valor económico neto de Mavericks finalmente se estimó en alrededor de US$24 millones al año filtrando a través de su industria turística local.

Playa Mavericks en California

Los estudios sobre Surfonomics se han replicado en al menos una docena de sitios en todo el mundo, incluidos Mundaka en España y Uluwatu en Bali y la metodología se ha perfeccionado a lo largo de los años para que sea más fácil de replicar y más rápido de llevar a cabo.

Para muchas comunidades, es una parte importante de ser reconocidos como “Reserva Mundial de Surf“, una designación internacional que ayuda a proteger el ecosistema local para los surfistas y da peso a esfuerzos de conservación más amplios.

“No es ciencia espacial en términos de economía ecológica”, admite Nik Strong-Cvetich, director ejecutivo de la coalición internacional de surf ambiental Save The Waves, que designa los lugares de surf como “Reservas Mundiales de Surf”.

“Cuando comenzamos con surfonomics era solo para decir, ‘Oye, el surf tiene valor‘. Pero ahora queremos asegurarnos de haber demostrado el valor de todos estos lugares que estamos protegiendo. Cuando presentamos uno de los estudios en Chile, decían algo como: “Tienen que estar bromeando. ¿Los surfistas están gastando tanto? Pero, si”.

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De hecho, contrariamente a su imagen relajada, el surf es una industria internacional enorme y lucrativa.

Aunque inicialmente se mostró reticente a asignar un valor monetario a las olas, la organización benéfica de surf ambiental de Reino Unido Surfers Against Sewage estimó en 2013 que el surf aporta entre US$14 millones y US$2.500 millones al año en todo Reino Unido y podría tener un impacto económico general de tanto como US$7.000 millones.

El aporte de los surfistas en Perú

De vuelta en Perú, Pizarro de EcoSwell, quien tiene experiencia en ciencias políticas, siempre había sospechado que los surfistas hacían una gran contribución a Lobitos.

Map

Y aunque la ciudad tenía sus olas bajo protección legal, surfonomics fue una oportunidad para comprender cuánto dependía la ciudad del surf.

Entonces EcoSwell preparó una encuesta, dirigida por Marcos Abilio Bosquetti, investigador de la Universidad Federal de Santa Catarina en Brasil y miembro de la Asociación Internacional de Académicos de Surf.

El objetivo era averiguar cuánto valía el surf para la comunidad, preguntando cuánto gastaba la gente, de dónde venían y qué valoraban en la zona.

Cuando se analizaron los números en 2020, incluso ellos se sorprendieron por la cantidad: US$3,6 millones en 2019, una parte sustancial del presupuesto anual total del municipio.

La otra cosa que sorprendió a Pizarro fue la cantidad de gente que no volvería a Lobitos por motivos ambientales como la basura visible o el ruido molesto del alcantarillado público, que, en sus propias palabras, “parece una película de terror”.

Los turistas se sintieron particularmente desanimados por la presencia de plataformas petroleras y sitios de bombeo, que todavía están activos en la costa y en alta mar.

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Pizarro espera que el estudio anime a las autoridades públicas a mejorar las instalaciones en la ciudad e incluso desanime la extracción de petróleo.

“La idea de tener estadísticas es poder argumentar que es muy importante ocuparse de estos problemas ambientales, debido a la cantidad de dinero que representan”, analiza.

Sofia Mulanovich de Perú surfea durante el Movistar Peru Classic el 5 de junio de 2010 en Lobitos, Perú.

Y aunque el covid-19 ha tenido un efecto devastador en el turismo internacional, Pizarro espera que esto pueda incentivar una inversión seria en Lobitos para ayudar a tentar a los turistas a regresar.

Guardianes de la costa

Además de restringir el desarrollo y limpiar las aguas residuales y la basura, la protección de los lugares para practicar surf se ha relacionado con impactos positivos más amplios en el medio marino.

Una de las razones es que las mismas características del fondo marino que crean buenas olas también posibilitan buenos hábitats para la vida marina.

“Las olas naturales dependen de las propiedades geofísicas únicas del fondo marino, que incluyen estos ecosistemas bénticos”, dice Christel Scheske, coordinadora de la iniciativa de gobernanza marina y costera de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental.

“Al proteger las rompientes de amenazas como el desarrollo de infraestructura (como muelles o rompeolas), inadvertidamente también se protege estas mismas propiedades geofísicas que los ecosistemas bentónicos requieren para existir”, añade.

Las regiones bénticas, el fondo marino y las aguas cercanas a él son particularmente ricas en biodiversidad, agrega.

Proporcionan hábitats para los peces, el crecimiento de plantas marinas y algas que pueden capturar carbono y también protegen la costa de la erosión y las inundaciones al amortiguar la acción de las olas con su flora.

Un hombre hace surf en la playa de la ciudad costera de Mundaka en, el País Vasco, España

En un estudio de 2019, Scheske y sus colegas argumentaron que las rompientes de surf más emblemáticas, aquellas con grandes olas y una fuerte cultura del surf, deben protegerse no solo por su valor para los surfistas, sino también por sus beneficios para el medio ambiente, el bienestar humano y el potencial para el turismo sostenible.

Recomiendan que los gobiernos y la sociedad civil consideren utilizar el surf para volver a involucrar a los ciudadanos con los entornos marinos naturales.

Después de todo, los surfistas han fundado muchas organizaciones conservacionistas prominentes en todo el mundo, señalan, entre ellas Save The Waves, Surfrider Foundation con sede en EE.UU. y, en Reino Unido, Surfers Against Sewage.

“¿Cuántos deportes tienen grupos de campaña tan bien formados?” pregunta Hugo Tagholm, director ejecutivo de Surfers Against Sewage.

“Hay un potente coctel de problemas reales: basura marina, aguas residuales y otra contaminación del agua, elementos costeros, cambio climático y un grupo de personas muy amigables con los medios de comunicación que están practicando un deporte que tiene muchas aspiraciones. Estamos en el océano; debería estar a la vanguardia de la exigencia de su protección”, analiza.

Este grupo puede hacer que la protección marina sea mucho más efectiva, agrega Strong-Cvetich.

“Las comunidades de surfistas están ubicadas alrededor de lugares particulares y por eso están muy incentivadas a cuidarlas”, describe.

Valor de la naturaleza

Pero esto también conduce a una de las limitaciones de la protección ambiental del surf: su enfoque en lugares muy específicos, que tienen buenas olas.

“¿La comunidad de surfistas va a defender cada área protegida, donde sea? No, no necesariamente”, opina Strong-Cvetich.

Surfista João De Macedo

Tagholm tiene reservas sobre la idea básica de cuantificar el valor de un recurso natural como un lugar para surfear.

“El enfoque de la reserva de surf es realmente útil para hablar sobre todos los componentes que crean la rica experiencia que necesitamos”, dice Tagholm.

“(Pero) estamos en una época en la que ponemos un costo a todo pero no valoramos nada“, agrega.

Esto se hace eco de un debate que está teniendo lugar en la conservación de manera más amplia.

Y, si bien el acto físico de surfear una ola natural tiene un impacto ambiental mínimo, muchos estudios de surfonomics no tienen en cuenta factores como las emisiones de carbono de los viajes de larga distancia de los turistas para llegar a los sitios, el uso de recursos en la fabricación de tablas y los trajes de neopreno a base de petróleo, o daños en los arrecifes por pisoteo y productos químicos de ciertos bloqueadores solares.

De hecho, Tagholm sugiere que una de las cosas más valiosas que puede hacer un surfista es guardar la tabla.

“Lo más importante que podemos hacer es proteger los hábitats naturales salvajes y el océano nos ofrece ese tipo de oportunidad. Ya no es: ‘vamos a buscar un lugar para surfear y cortar un poco de jungla para encontrar el nuevo arrecife en Indonesia o donde sea’. En realidad, eso ya no está bien, necesitamos un mundo inexplorado”, dice.

Surfista João De Macedo saluda a seguidores.

“Hubo comentarios de que (surfonomics) estaba poniendo una etiqueta de precio en la ubicación para que pudiera haber algún desarrollador y él solo pondría el (dinero) y diría: ‘Bien, ahora esto es mío y puedo hacer lo que quiera'”.

Es por eso que los estudios de surfonomicshan intentado incluir algunos de los beneficios sociales y culturales del surf, como las razones por las que las personas visitan playas en particular, con quién y qué valoran de ellas, que son más difíciles de cuantificar.

“En última instancia, estas olas gigantes son fenómenos geológicos naturales, por lo que la gente tiene este contacto con la naturaleza que va más allá de simplemente dar cuenta de cuántos visitantes y cuánto dinero gastan en el café y en la mercadería”, afirma de Macedo.

Surfonomics es todavía un campo de estudio relativamente inmaduro y necesita refinarse para alinearse con “metodologías de capital natural” más amplias, herramientas que miden el valor de los activos naturales y permiten que se incluyan en los sistemas de contabilidad convencionales, señala Scheske.

Esto ayudaría a fortalecer la protección del surf y tomaría más en cuenta los impactos negativos del deporte en el medio ambiente, dice, “que probablemente variará mucho entre los diferentes ecosistemas y sitios, dependiendo de la fragilidad del ecosistema dado y cómo acceden los surfistas”.

Pero, en conjunto, la conexión con el océano que la gente obtiene del surf crea “un impacto neto positivo”, asegura, especialmente en comparación con actividades como el esquí acuático o el wakeboard, que requieren más equipo y a menudo dependen de la energía de combustibles fósiles.

Tatiana Weston-Webb de Brasil surfea en Uluwatu, Bali.

Pizarro, que todavía practica regularmente surf sobre las olas en Lobitos junto a leones marinos, tortugas y alguna que otra ballena jorobada, no ha olvidado qué lo llevó a la conservación.

“Con los animales, la ola… todo debe ser perfecto como cuando se creó para que puedas surfear la mejor ola posible y tener el mejor tiempo posible. Te hace consciente de que eres parte de un ecosistema que necesita protegerse”, detalla.

Pizarro es uno de los miles de surfistas de todo el mundo que intentan incorporar la conservación en su deporte.

A medida que la ciencia, la economía y el amor por el surf se alinean, espera aprovechar el poder de sus olas para proteger las costas de una manera que beneficie no solo a los amantes de las olas sino a todos los que disfrutan del mar y dependen de él.

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